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Diego López |
Despertó en una jaula
gris. La que él mismo escogió cuando aún no tenía hongos en los pulgares y conservaba restos de plumón en la espalda.
Allí, abrió los ojos, unos
espejos rotos sin color ni forma, hundidos y enmarcados en piel tostada,
gruesa, arrugada y seca, como sus manos, que tocar ya no saben y sin embargo
tocan.
Subió la persiana y todo
lo que entró fue un grito frío y nauseabundo con cuerpo de cucaracha gorda y
alma de abuela infértil. “¡Enfermos!, ¡Enfermos de hormigón!”
CRASH!
Me encanta cuando te pones kafkiana.
ResponderEliminarBisous.
Y sin embargo sigue esa rutina cada dos por tres volviendo al mismo pensamiento...
ResponderEliminarEse suele ser mi caso
Una fiebre particular...
ResponderEliminarNi siquiera el Sr. Samsa lo hubiese explicado mejor.
ResponderEliminar¿No estamos todos contaminados con esa enfermedad? Me gusta la foto, transmite energía.
ResponderEliminarcemento en los vocablos.
ResponderEliminarabrazos.
Acorralados por la ciudad...
ResponderEliminarReconozco ser un enfermo más, de esos que todos los días dicen "no aguanto más, tengo que hacer algo" y no hacen nada.
ResponderEliminarPor cierto, me quedo como seguidor, con permiso.
Un abrazo.
HD
Y se quebró.
ResponderEliminarEs muy descriptivo de una realidad
ResponderEliminarUn saludo
Fondo y forma, música y el lamento de una civilización decadente y absurda...un abrazo desde azpeitia
ResponderEliminar¡Gentes sin espíritu!
ResponderEliminarP.S: Ya lo han dicho por aquí, y es que es muy Kafka :)
P.S2: Un saludo.
Siempre huyendo… del hormigón armado… enfermo te descubro…
ResponderEliminarSaludos